El SEMANARIO RECONQUISTA es el órgano de prensa de la Agrupación Reconquista del Partido Colorado, fundado por Honorio Barrios Tassano y Carlos Flores. Director Prof. Gustavo Toledo.

domingo, 23 de octubre de 2011

Tiranicidio y torpeza

Por Gustavo Toledo

Para Juan de Mariana, un oscuro jesuita del siglo XVI que pasó la mayor parte de su vida encerrado entre cuatro paredes, el tiranicidio –es decir, el asesinato del tirano a manos de su pueblo- era una solución lícita y moralmente aceptable para un problema colectivo: la tiranía. Es más, lo consideraba un derecho natural. Cualquier ciudadano –explicaba- puede con justicia asesinar a aquel rey que se convierta en tirano (léase, que actúa en forma arbitraria, sin respetar la dignidad de sus súbditos, imponiéndole cargas abusivas o afectando sus intereses). La historia es pródiga en ejemplos. Las ejecuciones de Carlos I de Inglaterra en 1649, la de Luis XVI en 1793, la de los Romanov en el tembladeral ruso de 1917, la de Benito Mussolini en 1945, la del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo en 1961, entre otras, respondían a ese espíritu libertario que agitaba las aguas aparentemente dormidas de sus pueblos. En todos esos casos, con sus diferencias, se cerró un ciclo y se abrió otro. Asimismo, todas esas ejecuciones estaban pautadas por un factor nada menor: la conveniencia. Era necesario terminar con el déspota. Enviar una señal. Establecer un precedente. Marcar un antes y un después.
La reciente captura y posterior ejecución de Muamar Gadafi, aunque lo parezca, no lo fue. Nadie puede negar sus antecedentes criminales, sus cuatro décadas de satrapía, ni mucho menos justificar los miles de muertos que pesan sobre sus espaldas, pero su ejecución –vista en perspectiva- constituye un gravísimo error del cual sus verdugos se arrepentirán más tarde o más temprano. La forma en la que fue ejecutado -¡con su propio revolver bañado en oro!- y la posterior exhibición de su cadáver, suponen una torpeza mayúscula. Algo así como querer derribar un panal de abejas a patadas.
Si su ejecución fue fruto de la sed de venganza de un grupo de rebeldes envalentonados por el clima de tensión reinante o si fue tomada desde lejos, por control remoto, no importa. No debió haberse dado esa orden. Ni disparado esa bala. Debió haberse reparado en las consecuencias de semejante estupidez.
No hay destino más inmerecido para un tirano como Gadafi, que un final como este. Su muerte, en combate, es un pasaje directo y sin escalas a la gloria. Como dijo Chávez, poniendo sus barbas en remojo: será recordado como un “revolucionario” y como un “mártir.
Para los dictadores, cualquiera sea su signo, la muerte es cosa seria. Cuando descubren que no son inmortales, sueñan con dejar una marca en la historia. Sobrevivir en el recuerdo de la gente. Vencer al olvido. Si alguien lo tuvo claro, ése fue Adolfo Hitler. Una vez enterado de la miserable muerte de su compadre italiano a manos de un grupo de partisanos, resolvió suicidarse. Decidió que no correría esa misma suerte y que su salida de escena estaría determinada por su propia mano. Sería el epilogo de esa ópera wagneriana que pretendió que fuera su vida. Quiso que el Tercer Reich sucumbiera con él. Que el pueblo alemán sucumbiera con él. Con la peregrina esperanza de que su sacrificio dejara sembrada la semilla de su renacimiento.
Franco, Stroessner, Stalin, Pinochet, con el tiempo, se diluyeron. A medida que envejecieron, las sociedades que dominaron durante décadas fueron anestesiándose. Debieron soportar sus excesos, es cierto, pero dejaron de creerles. Ciertos círculos obsecuentes o fanatizados siguieron idolatrándolos, más por conveniencia que por convicción, pero el grueso de la población que en algún momento confió en ellos, fue perdiéndoles el respeto. Se transformaron en parte del paisaje. En ancianos achacosos dignos de miedo y de lástima. Por eso, luego de muertos, desaparecieron.
Fidel va camino a eso. A sus ochenta y tantos, quizás en alguno de sus momentos de lucidez, él que lo hizo todo, lo dijo todo, lo planificó todo, debe sentir cierta envidia por la muerte del Che. O Perón, quizás, en su momento, por la de Evita, su creación. Murieron jóvenes, en lo mejor de sus vidas. Quedaron cristalizados en el recuerdo de la gente. Se saltearon la indignidad de una cama de hospital y la humillante asistencia de un tubo de oxígeno. Aquellos murieron héroes; estos, a su debida hora, como seres de carne y hueso.
No hay mejor condena para un sátrapa como Gadafi o cualquier otro tirano que una muerte lejana en el tiempo. Entre rejas. De viejo. Sin envoltorios gloriosos. Sin el llanto de las masas. Sin aparatos propagandísticos explotando su inmolación. Sin paraísos ni infiernos fabricados a medida. Sin adeptos dispuestos a dar su vida por su líder caído. Sin espacio para el mito. Ni para el martirologio.
Chávez tiene razón. Gadafi muere como guerrero y mal que nos pese, se transformará en mártir. Su cadáver se convertirá seguramente en un símbolo y su sepultura en un santuario para sus no pocos seguidores. Por desgracia, me temo que la lejana Libia, al igual que Irak después de la muerte de Saddam Husseim, se transformará en un rompecabezas para unos y un dolor de cabezas para todos. ¿Cuántos de sus seguidores se lanzarán en los próximos días a las calles de Libia o incluso de otros rincones del Planeta a vengar la muerte de su líder sin reparar en las consecuencias de sus actos? ¿Cuántos alimentarán a partir de ese hecho el odio a la facción ahora victoriosa y harán todo lo que esté a su alcance para boicotear al nuevo régimen? Dios quiera que ninguno. Pero la experiencia histórica indica otra cosa.
¿Muerto el perro se acabó la rabia? Está claro que no. La muerte de Gadafi deja sembrado mil, cien mil Gadafis en potencia.

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