El SEMANARIO RECONQUISTA es el órgano de prensa de la Agrupación Reconquista del Partido Colorado, fundado por Honorio Barrios Tassano y Carlos Flores. Director Prof. Gustavo Toledo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Hasta que la muerte nos separe

Por Gustavo Toledo
Veinte años después de su creación, nadie sabe a ciencia cierta qué es el Mercosur. Ni mucho menos para qué sirve. Si le pregunta a algún gobernante, diplomático o entendido, seguro que lo pondrá en un brete. Es lógico. Este engendro incalificable se define por la negativa: no es una zona de libre comercio, ni una unión aduanera, ni mucho menos un mercado común. Entonces, ¿qué es? Un puchero de buenas intenciones, acuerdos incumplidos y promesas de amor eterno. Para unos (Brasil y Argentina), equivale a un alambre caído que pasan por alto sin el menor inconveniente; para otros (Uruguay y Paraguay), una cárcel de lujo. No sé ustedes, pero yo no conozco a ninguna clase de pájaro que prefiera vivir enjaulado antes que en libertad, salvo los que nacen de este lado del río...
Del Tratado de Asunción sólo queda el papel y las firmas. Como no se respeta, es como si no existiera. Simplemente se ignora. Su artículo primero, que establece la libre circulación de bienes, servicios y personas entre los países miembros, es letra muerte. Cosa que los uruguayos sabemos mejor que nadie.
A las promesas de un proceso de integración basado en el concepto de “regionalismo abierto” que “serviría de plataforma de lanzamiento” para las economías más pequeñas, se las llevó el viento. El comercio entre nosotros sigue supeditado a la buena voluntad de los jerarcas de turno y nuestro vínculo con el resto del mundo sigue basado en el mismo proteccionismo chúcaro que practicábamos en el pasado. Una maravilla, ¿no?
Como no podemos comerciar con otros países sin la autorización de nuestros socios, ni podemos hacer que los grandes cumplan con sus obligaciones, sólo nos queda suplicarles “excepciones”, “favorcitos”, “cuotas”. “Diplomacia presidencial”, le dicen. Así no se construye un espacio de integración sino un corral de ramas, de adentro hacia afuera. Por esa vía, no sólo perdemos soberanía sino también mercados, inversiones, oportunidades de negocios. Comprometemos nuestra institucionalidad y seguridad jurídica, las únicas dos ventajas comparativas de las que podemos jactarnos en el vecindario, a cambio de prácticamente nada. Díganme, ¿existe “país productivo” sin mercados a los cuales poder venderles lo que producimos? ¿Hay trabajo sin inversión? ¿Podemos asegurarle a un inversionista europeo, norteamericano o japonés que si se radica en nuestro territorio podrá acceder al mercado argentino y brasileño sin inconvenientes? Claramente, no. Sin esa seguridad, ¿qué cree usted? ¿Invertirá aquí o lo hará directamente en Argentina o Brasil? La respuesta es obvia.
Para algunos, el Mercosur es parte de un proyecto político; para otros, una estrategia comercial sujeta a la regla costo-beneficio. Si para los primeros el Tratado de Asunción consagra el sueño de los padres fundadores (Artigas, Bolívar, etc.) y eso justifica pagar cualquier costo por ello, para otros –entre los que me encuentro- todo tiene un límite. Si no reporta beneficios reales y concretos y, para colmo, compromete nuestra independencia, es una mala opción. Es tan obvio, que me sorprende que no se den cuenta.
“Más y mejor Mercosur”, dicen por ahí. Más de lo mismo, es sobredosis. Y mejor, ¡imposible! ¿Acaso puede un paisito insignificante como el nuestro, con menos del 2 % del PBI de la región y una población del tamaño de un barrio de Sao Paulo (un “enano llorón”, según unos; “una provincia rebelde”, según otros) hacerle cambiar los planes y la manera de ser a nuestros vecinos? Soñar no cuesta nada, ¿verdad? Salvo en materia comercial, donde los costos pueden ser altísimos...
Chile no se abrazó a ningún invento de este tipo y mal no le fue. Participa del Mercosur, pero no lo integra. Mira desde afuera. Se saca la foto, pero pone sus huevitos en todas las canastas que tiene a su alcance. No tuvo inconveniente en firmar tratados de libre comercio y acuerdos de asociación económica con medio mundo: EEUU, China, Unión Europea, México, Australia, India, Centroamérica, Canadá, etc. Resultado: exporta once veces más que nosotros, no depende de la caridad de nadie (léase, ningún vecino le dice lo que tiene que hacer) y posee el PBI per cápita más alto de la región. Ventajas de tener un rumbo claro y hacer de su política exterior una política de Estado alejada de la retórica inconducente del siglo XIX y los atavismos ideológicos de la Guerra Fría.
Para nuestro presidente, según dijo el mismo día de su asunción, el Mercosur es “hasta que la muerte nos separe”. Por lo visto, su profecía va camino a cumplirse.

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