El SEMANARIO RECONQUISTA es el órgano de prensa de la Agrupación Reconquista del Partido Colorado, fundado por Honorio Barrios Tassano y Carlos Flores. Director Prof. Gustavo Toledo.

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lunes, 17 de septiembre de 2012

Ortodoxia batllista


Por Gustavo Toledo

Dicen que un batllista de ley no debe criticar al dios Estado. Dicen que si lo hago, soy un hereje. O, peor que eso: un neoliberal. Un sucio y asqueroso traidor del sobretodo sagrado. Dicen que debo arrodillarme ante El Supremo y jurar defenderlo de los piratas que vienen a robarse las joyas de la abuela (¿queda alguna?), alimentarlo (cumpliendo religiosamente con el pago de mis impuestos y de las tarifas públicas), y dejarlo así como está: obeso, lento, inútil, medio abombado, sin capacidad de acción ni reacción. Dicen que debo agradecer que las empresas públicas sigan siendo de “todos” (es decir, de unos pocos) y que se mantengan monopolios abusivos donde debería primar la competencia y la libertad de elección.

Como se sabe, siempre hay gente más papista que el Papa, que establece el canon, funda la ortodoxia y luego pone la leña de sierra para la hoguera. Claro, la carne sobre la parrilla siempre es de otro. Y, ¿quién es el otro? El apóstata. El que mira de reojo la foto sepia de hace un siglo atrás, el que trata de ver la realidad con sus ojos, el que tiene ideas propias… De nada sirve que se declare fiel a los principios sobre los que se construyó el pequeño país modelo (humanismo, liberalismo, reformismo) o que aspire a refundar la república que supimos ser imbuidos de ese mismo espíritu. Ya fue juzgado y condenado. No es batllista. Punto. Su lugar es limbo de los descastados. Que se vaya a llorar al cuartito…

Después de que murió Batlle, lo fosilizaron. O, más bien, lo jibarizaron. Lo dejaron chiquitito. Le pusieron un marco alrededor y lo colgaron en la pared. Lo transformaron en una estampita. Casi en un fetiche. A partir de ese momento, bastó con que cada uno repitiera dos o tres frases hechas, proclamara su amor al Estado e invocara el nombre de don Pepe para quedar a salvo de los inquisidores. O sea, para ser batllista bastaba con parecerlo.

Algunos, sin embargo, decidieron recorrer su propio camino. Y sufrieron por eso. Uno de los que no se salvó de la pira y al que incluso le colgaron el odioso mote de “parricida”, es Jorge Batlle. El otro, es don Carlos Maggi, figura señera de nuestra cultura y reconocido batllista, que, hace algunos años, en el marco de una entrevista que le realizara el periodista Miguel Carbajal junto al querido y recordado José Claudio Williman, aclaró la naturaleza de su metamorfosis ideológica.

- ¿Cómo llegó Maggi al Batllismo?

- Maggi: A través de un libro. Tenía 12, 13 años y leí “Batlle y el Batllismo” de Giudice.

- Williman: Y González Conzi.

- Maggi: Me produjo un impacto fenomenal y me atrapó para siempre. Soy un tipo muy persistente, además.

- Pero el Batllismo que Ud. apoya no es precisamente el de José Batlle y Ordóñez.

- Maggi: Le voy a contestar con una respuesta de Fernando Henrique Cardoso: yo no soy el que cambió, el que dio una vuelta de 180 grados fue el mundo.

- Eso también lo pudo decir Menem. ¿Sigue teniendo valor?

- Maggi: Una cosa es decir la verdad y la otra usar una frase ingeniosa. Le aclaro que mi mayor sorpresa es haber llegado a pensar lo que pienso. Cuando Jorge Batlle me hablaba de privatizar yo le decía que no lo dijera porque iban a pensar que era un traidor. Que lo pensara pero no lo dijera, que hasta a mí me molestaba ese dicho.

- A la izquierda le molestaba ese argumento. Y le irrita todavía ahora, ¿Ud. se volvió más conservador o más realista?

- Maggi: La que es conservadora es la izquierda, la uruguaya. Quiere conservar el país que se perdió y por tratar de conservar lo que no puede, el país estatista, está perdiendo el país real. Y oculta lo que realmente piensa. Pero no funciona así la izquierda en el mundo. Hace lo contrario”.

Más claro, imposible. Sin embargo, muchos no lo entienden. No quieren entenderlo. Siempre es más cómodo vivir a la sombra de la cruz. Al pie de los escritos de hace más de cien años, como si nada hubiese cambiado entre aquel entonces y hoy. Para peor, ni siquiera entienden a Batlle. Lo prejuzgan. Lo subestiman. Lo reducen a un estereotipo obsoleto. Son, en realidad, sus enemigos.

Si esta cerrazón rigiera para el cristianismo, los seguidores de Jesús todavía vivirían encerrados en las catacumbas y los curas seguirían dando misa en latín, o, peor aún, en arameo.

¿Sabrán los defensores de la ortodoxia batllista y del Estado máximo que el mejor amigo del viejo Batlle era un anarco? 

sábado, 11 de agosto de 2012

La emergencia demográfica y la falta de rumbo


Por Gustavo Toledo

El 23 de marzo pasado publiqué este artículo en el Semanario Reconquista. Un año y pico después, el censo más largo del mundo confirma mis aprensiones y temores. Los números que gotean de las planillas del INE son un semáforo en rojo: si no nos detenemos a pensar qué vamos a hacer como país, y que para eso es preciso que todos los feudos en los que solemos dividirnos nos pongamos de acuerdo, estamos perdidos. Aquí va: 

Semanas atrás, el presidente de la República, José Mujica, reflexionó en su audición radial de M24 sobre el Bicentenario y las bondades y dificultades que, a su juicio, presenta nuestro país con relación a la región y el mundo.

Nuestra natalidad es bajísima y tal vez estratégicamente este es nuestro mayor problema, subrayó en esa oportunidad. Luego, señaló que la educación es nuestro gran segundo problema, grave e importante y puso como ejemplo, para ilustrar su afirmación, que losasiáticos dictan alrededor de 240 clases al año mientras los uruguayos nos aproximamosapenas- a las 155.

Además, reconoció que no nos matamos trabajando en términos generales aunque siempre existen excepciones y siempre nos las ingeniamos para lograr fines de semana largos.

Debo confesar que nunca coincidí tanto con el presidente de la República como en esta oportunidad. Nuestros tres grandes problemas son esos y en ese orden: baja natalidad, baja calidad educativa y baja productividad. Un combo explosivo, si los hay, cuyos resultados están a la vista.

Por cierto, Mujica no descubrió la pólvora. Estos problemas, entre muchos otros, están esperando solución desde mucho antes que él llegara al poder. Es más, ya los conocíapresumo- cuando su antecesor le calzó la banda presidencial hace casi un año. Lo que el presidente hace -y acierta en hacer- es poner la lupa sobre ellos. Quizás, gracias a su señalamiento, nuestra sociedad tome conciencia de que debe reclamarle a las autoridades, empezando por el vértice superior de la pirámide institucional es decir, el mismísimo presidente- que tomen cartas en el asunto y pongan -¡cuanto antes!- manos a la obra.  

Si la excusa del Bicentenario es la oportunidad para hacerlo, bienvenida sea.

BOMBA DE TIEMPO. A mediados del mes de enero, El Observador realizó un informe especial sobre la emergencia demográfica que enfrenta nuestro país y pocos, aparentemente, quieren ver. La nota comienza sintetizando el problema con extrema claridad: Dos palabras resumen la demografía uruguaya: pocos y viejos. Los números muestran un notorio descenso de la cantidad de nacimientos y del nivel de fecundidad así como también de las defunciones.

De acuerdo al informe, la actual tasa bruta de natalidad (TBN) es inferior a 15 por 1.000, mientras que la tasa bruta de mortalidad (TBM) es de 10 por 1.000. La diferencia entre ambas tasas refleja el magrísimo crecimiento de nuestra población, sólo comparable al de los países europeos o el Japón, pero sin los recursos que ellos poseen.

De acuerdo a los números, este fenómeno no es parejo. No afecta a toda la sociedad por igual. ¿Saben ustedes en qué sector se reproduce mayoritariamente nuestra sociedad? En el más vulnerable de todos. Cerca del 40% de los niños que nacen en este país -¡nuestro país!- lo hacen por debajo de la línea de pobreza. ¡Sí, cerca del 40%! Asimismo, según el INE, el número de hijos está relacionado al nivel educativo de las madres, por lo que los valores oscilan entre 3,5 hijos para quienes no terminaron la escuela y 1,45 para quienes completaron estudios universitarios. Preocupante, ¿verdad?

Y como la expectativa de vida es alta -77 años, según la Cepal; y alcanzará los 81 en el 2040-, nuestra población no sólo no crece sino que además… ¡envejece! Actualmente, hay 21 pasivos por vejez (son 60 si se incluye a los menores de 15 años) cada 100 activos y una población mayor de 60 años aproximada de 600 mil personas (17,5% de la población); para el año 2050, se calcula que alcance… ¡el millón de uruguayos!

A todo esto hay que agregarle la sangría incesante de la emigración. La cifra impresiona: a los largo de la última década, 146.000 uruguayos partieron a través del aeropuerto de Carrasco y no regresaron. Para hacernos una idea de la magnitud de esa cifra, tengamos en cuenta que la población actual del departamento de Maldonado se estima en 140.000 personas.

Pongámoslo en negro sobre blanco: si sumamos a la bajísima tasa de natalidad que tenemos, que nuestra sociedad crece en su franja más vulnerable, que la emigración nos priva de una porción importantísima de nuestros compatriotas más jóvenes y mejor calificados, que la población pasiva crece (y con ella la demanda de servicios sociales) mientras disminuye la cantidad de trabajadores activos (que banca esos servicios sociales), estamos indudablemente frente a una bomba de tiempo. ¡Está en juego el futuro y la viabilidad del país y nuestros gobernantes están en Babia discutiendo sobre cuestiones coyunturales y en general anecdóticas! ¿Acaso no tienen sentido de la urgencia? ¿O no son conscientes de esta espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas?

POBLAR, EDUCAR, PRODUCIR. Juan Bautista Alberdi lo tenía claro. Para países jóvenes como el suyo (Argentina) o como el nuestro -no tan pequeño como algunos piensan-, en los que sobra espacio y faltan brazos, gobernar es poblar. Domingo Faustino Sarmiento, fiel al espíritu que lo hizo grande, agregó: gobernar es educar. Ciertamente, una cosa no excluye a la otra. Por el contrario, ambas van de la mano, se complementan. Poblar no significa sólo atraer personas de otros rincones del Planeta o estimular a que éstas se reproduzcan para que ocupen una porción de suelo, cultiven la tierra o contribuyan de algún modo a la generación de riqueza sino también instruirlas, educarlas, hacerlas partícipes de la civilización.

Alberdi y Sarmiento no sólo tenían razón sino que además veían lejos. Sabían que su país tendría futuro siempre y cuando atendiera esos dos aspectos. Y así fue, durante algo más de medio siglo, hasta que los argentinos decidieron lanzarse a la búsqueda de atajos (el primero fue el golpe de Uriburu en 1930, al que luego le siguieron una docena de intentos de refundación nacional, golpes de Estado, gobiernos populistas, etc. que sumieron a la Argentina en el desquicio y la pobreza). Así se cortó el ciclo de expansión y crecimiento del país que estaba llamado a ser potencia. Así, los que antes venían, comenzaron a irse y la educación que había sido modelo para la región, se transformó en motivo de vergüenza nacional.

Nuestro país, en menor escala, siguió ese mismo derrotero. Partiendo de la nada, se constituyó en poco tiempo en un prodigio de civilidad y progreso. En un pequeño país-modelo, como quería el viejo Batlle y buena parte de sus contemporáneos. El camino fue duro y empinado, es cierto, pero el norte estaba claro y hacia allí confluyeron los esfuerzos de (casi) todos.

El punto de partida no pudo ser peor. Alberto Zum Felde describe el paisaje de aquel lejano Uruguay a inicios de su vida independiente del siguiente modo:

Es este un país semi-desierto sin alambrados y sin caminos; sin agricultura que cree hábitos sedentarios y pacíficos, al mismo tiempo que intereses conservadores; sin más vías ni medios de comunicación que el caballo y la carreta; con costumbres musculares y púgiles generadas por las faenas pecuarias; sin más centro de asociación que la pulpería, ni más autoridad reconocida que la del caudillo. La acción de la autoridad legal casi no puede ejercerse en ese desierto, con tan largas distancias cortadas de montes y serranías. La comisaría y la escuela, los dos órganos de la civilización de la ciudad, son escasos, están dispersos, perdidos en vastas zonas, no alcanzan a ejercer influencia sensible.

Ese desierto de apenas 74.000 habitantes, sin hábitos sedentarios y pacíficos (entre 1832 y 1904 se sucedieron casi 70 revoluciones, motines y levantamientos armados) ni comisarías y escuelas (en 1850, por tomar una fecha, el país contaba con apenas 32 escuelas), fue nutriéndose de sucesivas oleadas migratorias (franceses, españoles, italianos, etc.) a las que le debemos lo que somos. Eso que Darcy Ribeiro llama pueblo trasplantado y Borges resumía en una frase brillante: los rioplatenses somos europeos en el exilio.

Es innegable que la inmigración europea tuvo gran importancia para nuestra conformación demográfica, económica y cultural (no sólo trajo consigo inversiones e innovaciones tecnológicas sino también las costumbres, tradiciones y valores que le permitieron al Uruguay incorporarse al mundo civilizado).

Así, hacia 1860 aquel núcleo humano se había multiplicado por tres, hacia 1890 por nueve y hacia 1930 por veintidós. No es casual que esto haya sucedido de ese modo. A lo largo de ese período, comprendido entre la llamada Revolución del Lanar y la crisis de 1929, nuestra economía creció de la mano de un modelo agro-exportador abierto al mundo. Pero esa apertura no fue sólo económica sino también cultural. La Reforma Vareliana no sólo es el mejor ejemplo de ello sino también su buque insignia. Ese Uruguay en ciernes buscaba fuentes de inspiración en Europa y Estados Unidos. Copiaba lo mejor, aplicándologeneralmente- con criterio e inteligencia.

A partir de 1929, los vientos de la historia cambiaron. A la cerrazón económica le siguió la cerrazón cultural. Nos convencimos de que como el Uruguay no hay, y empezamos a rodar cuesta abajo. Comenzamos a resolver nuestros problemas a la uruguaya (es decir, pateándolos hacia adelante, ocultándolos, negándolos y, a menudo, agravándolos). Entre la crisis del 29 y la crisis de finales de los cincuenta, vivimos sin rumbo, subidos primero a la balsa salvadora de la Segunda Guerra Mundial y luego a la de la Guerra de Corea que nos permitieron levantar coyunturalmente- nuestras exportaciones, convencidos de que encerrados, alimentando una industria cara y obsoleta, y contemplándonos el ombligo, podíamos vivir mejor. Creímos, tontamente, que esos ramalazos de prosperidad nos harían volver el tiempo atrás. ¡Grave error!

A la ilusión le siguió la decepción y el desconcierto. La cerrazón económica y cultural se agravó. Cayó la Universidad en manos de los seguidores de Gramsci, que, rápidamente, colonizaron murgas, orquestas, elencos teatrales, periodistas, círculos literarios y artísticos, historiadores, oficinas públicas...  Rotaron los partidos políticos en el poder, luego de décadas de predominio colorado. Apareció la guerrilla y con ella la violencia armada. La economía se estancó, y, lo que es peor, nos acostumbramos a vivir recluidos en el circulo vicioso de la resignación y la nostalgia, atados a un tiempo que se nos fue. Así, poco a poco, sin hacer nada, en menos de medio siglo, logramos la proeza de expulsar  la friolera de 600.000 uruguayos. ¡Sí, 600.000! Por falta de oportunidades y horizontes. Por no tener claro lo que fuimos ni mucho menos lo que queríamos ser.

¿A DÓNDE VAMOS? Si bien es fácil coincidir con Mujica en el diagnóstico que hizo de los problemas que afectan a nuestro país, y en el orden en el que los planteó, resulta bastante más difícil compartir las soluciones que propone, si es que se le puede llamar de ese modo a los anuncios rocambolescos que suele hacer o a los arrebatos voluntaristas que caracterizan a la mayor parte de sus colaboradores aún en cuestiones tan trascendentes como ésta.

Supongo que a esta altura de los acontecimientos ya todos tenemos claro que nuestro presidente no sabe lo que quiere, pero lo quiere ya. Como a los niños, la novelería lo mata. Vive haciendo zigzag, yendo y viniendo todo el tiempo, sin que su gestión muestre un norte, salvo el que sus antiguos delirios anarco-marxistoides dejan entrever. Un día se levanta con la idea de importar campesinos ecuatorianos, al otro de atraer peruanos calificados y no marineros de tercera (sic) o peruanas con fama de ser muy buenas, honradas y dóciles(sic). A la semana, le vuelve la idea de que imitemos a los Kung San que no viven para trabajar sino que viven para vivir (sic), a la otra que sigamos el ejemplo de los chilenos y a la siguiente de que nos volvamos una copia de Finlandia.

Se quiere estimular la natalidad, repatriar uruguayos y atraer extranjeros capacitados con promesas de paisajes bucólicos y engaña pichangas. ¡Pamplinas! ¡Es imposible que podamos transformarnos en destino de alemanes, japoneses, holandeses, chilenos, coreanos o españoles, cuando nuestros connacionales siguen yéndose año tras año por miles! Para que las cosas cambien, y vuelvan a ser como fueron antes, tenemos que abrirnos al mundo, volver a ser una sociedad abierta, con una educación de calidad. Debemos terminar con los prejuicios y aprensiones que nos atan a modeles perimidos y reencontrarnos con aquel Uruguay que atraía a los extranjeros dándoles oportunidades y le daba a sus hijos la posibilidad de progresar en base a su esfuerzo personal. Hoy, en plena revolución tecnológica, seguir jugando al achique es condenarnos a la frustración y al fracaso.

Si no abrimos la cabeza de una buena vez y nos integramos al mundo, desaparecemos. Así de simple.

lunes, 28 de mayo de 2012

Argentina


Por Jorge Batlle (*)

La Unión Europea presentó el viernes ante la Organización Mundial de Comercio un documento de queja contra las medidas tomadas por el gobierno argentino regulando las importaciones. Una vez más el gobierno argentino viola los tratados que ha firmado.

El Departamento de Estado de USA en su documento anual sobre Derechos Humanos recoge las denuncias que vinculan a la organización Fundación Madres de la Plaza de Mayo de fraude identificado en la persona del Sr.Schoklender (este señor y su hermano habían asesinado a sus padres) –seguramente ese antecedente fue el que determinó que fuera secretario de Hebe Bonafini- y al mismo tiempo, el mismo documento habla de los fraudes del Ex Secretario de Transporte Jaume, de la espuria financiación de la campaña de la Presidenta, y de la presión sobre la prensa escrita televisiva y oral. 

Por otro lado, la Organización impositiva argentina exige cada día más controles a los que viajan, obligando a las empresas turísticas a una información precisa para autorizar los gastos hacia el exterior, y lo que es peor, el gobierno argentino retrasa los pagos a los jubilados argentinos residentes en el exterior. En el Uruguay hay jubilados que aún no han percibido lo que les corresponde en el mes de abril y estamos a 28 de mayo. 

Al mismo tiempo, el gobierno argentino que sabe la enorme cantidad de bienes inmuebles que sus compatriotas tienen en Brasil, particularmente en Florianópolis y Buzios, jamás le pidió a Brasil un acuerdo similar al que le pide al Uruguay. Tampoco se los pide a los EE.UU., siendo que está lleno de argentinos que compran apartamentos en Miami y otros lugares. El gobierno argentino solamente se lo pide, y se lo exige, al Uruguay.

¿Cómo es posible entonces que este gobierno le firme un tratado de esta naturaleza a la Argentina y nos entregue atados de pies y manos y genere esta inquietud y este desconcierto en miles y miles de ciudadanos argentinos que desde siempre han venido al Uruguay, al que lo consideran como su segundo hogar?. ¿Cómo es posible que nuestro gobierno sea tan débil y tenga tan poco sentido de lo que debe ser la defensa de la soberanía nacional?

El Frente Amplio se ha pasado la vida hablando contra los imperialismos, contra la prepotencia ajena, y cuando ella está al lado, y el gobierno de ese país hermano no cumple nunca con ningún acuerdo, nosotros nos ponemos de rodillas para firmar lo que quieran y cuando quieran.

Este gobierno nos genera vergüenza porque no defiende los intereses del Uruguay como corresponde.

(*) Abogado. Ex presidente de la República (2000-2005)

jueves, 24 de mayo de 2012

Uruguay, Mercosur y el mundo

Por Jorge Batlle (*)

En el día de ayer los Ex Presidentes Lacalle, Sanguinetti y yo estuvimos invitados por ADM para referirnos a estos tres temas.

Debo resumir por tanto lo que dije ayer.

El mundo es abierto, cada día más abierto, y a él debemos integrarnos nos guste o no nos guste.

El Mercosur cumplió 21 años y no funciona. Es un desastre. No se puede arreglar. Hay que comenzar ya negociaciones con Corea del Sur y con EE.UU. Tardarán no menos de dos años, mucho para las fábricas textiles que no tienen mercados y están fundidas por no haber firmado el Tratado con los EE.UU. en el gobierno de Vázquez, pero poco para el Uruguay.

Supongamos por un instante algo imposible, que el Mercosur anda divino, que no tenemos ningún problema, la pregunta entonces es: ¿el Uruguay es competitivo dentro del Mercosur y fuera de fronteras? ¿Sus costos internos le permiten competir?

A partir del 2004 el Uruguay se benefició enormemente de dos factores principales: intereses prácticamente cero, precios de la materia prima muy altos. Según el Presidente de la Reserva Federal Bernanke, hasta el 2014 los intereses seguirán bajísimos. Veamos el resto de los problemas.

La inflación en el Uruguay es del 8%, casi el triple de Chile; el gasto público crece desmedidamente; el mercado laboral es más que rígido, y la presión sindical sobre el mercado laboral y el gobierno está siendo inviable a empresas metalúrgicas que ya se han retirado del mercado; la educación es un desastre (1,8% de repetición en 6to. Año escolar, 40% de repetición en 1er. Año del Ciclo Básico); las tarifas públicas son las más caras de la región; el gobierno quiere darle el monopolio de la fibra óptica a la ANTEL y las comunicaciones electrónicas son lentas y caras; la energía –independientemente de la seca de este año en la cuenca del Río Uruguay- muestra la absoluta indecisión del gobierno para tomar las medidas conducentes a resolver el problema.

Hablemos del campo: el gobierno cree que el campo es una vaca lechera y que los del campo son todos ricos. Que yo sepa de los que están en el gobierno ninguno ha trabajado en el campo.

Este año se van a plantar 200.000 hectáreas menos de trigo, la soja que todo el mundo cuenta con ella como el gran factor de riqueza en el mes de enero valía 420 dólares, descontado 40 de flete, son 380, con los costos uruguayos mas el alquiler del campo (renta), salvo si uno puede plantar arriba de 500 hectáreas, es mucho mayor el riesgo que la ganancia. El agro además aporta para el boleto urbano 60 millones de dólares por año, lo pagan los tractores, las cosechadoras y los fleteros, o sea los productores. Cosechar una hectárea de soja cuesta 20 dólares de combustible por hectárea.

Ahora hablemos de la energía: al final de nuestro gobierno el Ministro Villar le comunicó al Ministro Lepra y al Ing. Martín Ponce de León, encargado de la cuestión energética, que nuestro gobierno había acordado con el Brasil la conexión Salto Granda-Garabí, donde existe una enorme conversora brasilera sobre el Río Uruguay, y al mismo tiempo que estaban prontos y aceptados los sobres con la información técnica para la licitación de la usina de ciclo combinado en San José. El gobierno electo deshecho ambas soluciones y optó por una conexión de 500 kw entre San Carlos y la frontera brasilera y por la instalación de motores tipo reactores de aviación para generar energía con combustibles convencionales.

La conexión con Brasil estará recién concluida dentro de dos años, o sea, 9 años, para hacer una línea de alta tensión cuyas torres se compran en un supermercado de Torres, como las que compramos en la Argentina para sustituir las destruidas por el temporal, pero además la UTE no sabe quien le va a proveer de energía del otro lado, porque el programa inicial, con el andar del tiempo, desapareció, y como además en esa frontera no hay conexión con todo el sistema eléctrico brasilero, hay que esperar para poder estar conectado con Porto Alegre que Brasil construya una línea de alta tensión, entre Santa Victoria do Palmar y Porto Alegre, donde Brasil está construyendo un gran parque eólico, estamos hablando del día del golero.

Paralelamente, la usina instalada en San José, ha sufrido permanentemente desperfectos. Los motores comprados funcionan como los del avión, se apagan y se prenden en forma inmediata, los generadores eléctricos, se prenden y no se apagan, por tanto tienen otra forma de funcionar y de mantenimiento. Decidieron finalmente licitar 7 años después la usina de ciclo combinado.

El Uruguay podría recibir gas desde Bolivia por el gasoducto instalado en Paysandú, pero la situación Argentina de transmisión es compleja, no confiable, y los precios de Bolivia son altísimos.

Quedan dos soluciones: la nuclear y el gas líquido. Con respecto a la nuclear quiero recoger una apreciación sensata de un Ingeniero amigo: la energía nuclear es segura, lo que no son seguros son los hombres que la manejan. 

No olvidemos que a 80 kilómetros de la frontera uruguaya hay centros de producción de energía nuclear en Argentina.

La otra solución es el gas líquido. En tiempos del Ministro de Industria Lepra, en el gobierno del Dr. Vázquez, se reunieron con el Ministro Argentino De Vido y acordaron hacer algo en común sobre este tema. Como es lógico no se hizo nada. Un barco de gas líquido que tiene que descargar ese gas en otro barco anclado frente a la costa, podría servir los consumos de gas del Uruguay actual durante no menos de 15 días y costaría no menos de 50 millones de dólares, por lo tanto es mucho más barato construir un depósito en tierra firme de ese gas líquido cuyo precio se desquita en 3 años.

Después de la conversación entre el Ministro Lepra y el Ministro De Vido, la Argentina construyó, sin que nuestro gobierno se enterara, dos centrales para recibir gas líquido, una en Bahía Blanca y otra en Escobar sobre el Río Paraná. La Argentina está importando gas equivalente a 81 barcos completos por año, ese es el origen del déficit de la República Argentina y de la situación que hoy tiene que ha llegado al colmo de cuotificar la compra de yerba en el supermercado y de no permitir la compra de moneda extranjera.

¡Viva el Mercosur!

Y además ahora quiere que aumentemos los aranceles y que firmemos un tratado para revisar la situación de los argentinos que hace 200 años vienen al Uruguay, si se despierta Don José al Presidente de la República lo manda al Directorio de Buenos Aires y le pone los caballos en la Plaza de Mayo.

Finalmente, el Uruguay lo que tiene que hacer es resolver su problema para poder competir con todo el mundo y crecer independientemente de vecinos que nos son hostiles.

(*) Abogado. Ex presidente de la República (2000-2005)

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La crisis de la ejemplaridad

Por Gustavo Toledo
Si el reciente asesinato a palazos de una perrita en la localidad de Nueva Palmira a manos de un grupo de adolescentes es reflejo de la evidente crisis de valores que afecta a nuestra sociedad, los reclamos de venganza, justicia por mano propia y toda clase de castigos físicos a sus responsables surgidos luego de conocido el hecho por parte de grupos defensores de los animales son igualmente reveladores del desequilibrio moral que padecemos. Buscamos combatir la violencia con más violencia. Algo así como querer apagar un incendio con un balde de nafta.
Puede que este episodio sea un acontecimiento puntual, tristemente anecdótico, pero aun así expresa un preocupante estado de situación. El tema va bastante más allá del cruel asesinato de un animal; refiere a la violencia como medio de expresión y divertimento para muchos jóvenes y no tan jóvenes, pero sobre todo al notorio deterioro de una sensibilidad humanista y compasiva con el más débil (sea anciano, mujer, niño, discapacitado o animal) que nos distinguió como sociedad desde los tiempos del viejo Batlle. Me refiero a aquella escala de valores y a aquel estilo de vida austero y respetuoso del prójimo que construimos a principios del siglo pasado y que mucho le debemos a los inmigrantes que arribaron a nuestras costas por aquel entonces con una mano atrás y otra adelante con el doble propósito de vivir en paz y forjarles un futuro digno a sus hijos, pero también a la ejemplaridad de una clase dirigente dispuesta a alumbrar el camino de la civilización y el progreso no con palabras sino con hechos. Así se construyó lo que Renán Rodríguez llamó la “batllidad” (es decir, aquel “pequeño país modelo” que más que una telaraña de instituciones y normas de vanguardia fue en un estado del alma, una forma de ver y sentir la vida, una sensibilidad como señalé más adelante, que sobrevivió hasta que la violencia, la intolerancia y el desprecio hacia el otro -¿quién no lo es?- se apoderaron de nosotros a principios de los sesenta y ya nunca más nos abandonaron).
Un siglo después de que se sentaran los cimientos de aquel mundo feliz, apenas nos quedan sus escombros. En las últimas semanas vimos y oímos, sin ir más lejos, cómo una directora de un centro educativo realizaba declaraciones homofóbicas sin que la sociedad se indignara por ello; vimos y oímos cómo un reconocido jugador de futbol se refería a otro de manera soez y discriminatoria por su color de piel y más que el repudio generalizado recibió la indulgencia de las máximas autoridades del futbol y de la afición futbolera; vimos y oímos a docentes de Educación Secundaria cómo impedían que un grupo de colegas pudieran hacer uso de su libertad de trabajo, ante la mirada cómplice de las autoridades; vimos y oímos cómo el presidente de la República cual Terencio moderno se refería a todos los temas de la peor manera, sin medir sus palabras en cuanto a su forma ni a su contenido, invitándonos a los hombres a “aprender a perder” si nuestras novias, esposas o compañeras “nos meten las guampas”, a “manguear como los niños de los semáforos” en aras de tal o cual emprendimiento o a ponernos un uniforme militar de otro país si tenemos frío, y, salvo un puñado de opositores consuetudinarios entre los que me encuentro, no oí ni vi a ninguna de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, ni a aquellos que dicen ser los abanderados de la liberación nacional repudiar con igual fuerza que en otras ocasiones semejante suma de desatinos, pero tampoco –y aquí está lo más grave- a los ciudadanos comunes y corrientes exigirles a sus máximos representantes políticos, institucionales y populares más recato y ejemplaridad.
Por el contrario, lo que vi fue complicidad y lo que oí fue un lastimoso silencio.
Quizás no todos estén enterados que la sensibilidad social no se construye con normas sino con ejemplos. A nadie se le puede ordenar ser educado, respetuoso o tolerante con los demás; se aprende por contagio. El niño no aprende a ser bueno de manera instintiva, ni en función de lo que sus mayores le dicen, sino por cómo los ve actuar. Si su entorno es intolerante o violento, se impregnará de esos valores; si los valores son otros, se integrará a la civilización de la mejor manera. Cada uno es uno y su circunstancia.
Es evidente que en las alturas no hay liderazgo moral. Quizás no falta buena voluntad, pero sí –y esto es notorio- conciencia de la realidad. A diferencia de los tiempos del viejo Batlle, de Aparicio y de Frugoni, estamos huérfanos de modelos y buenos ejemplos, por eso terminamos aceptando –quizás por comodidad- como válidas actitudes y conductas que no lo son. No nos debería extrañar, entonces, que el 80% de las personas que reciben “ayuda” del MIDES no quieran trabajar. Como tampoco nos debería sorprender el nivel de  inseguridad en el que vivimos, las altísimas tasas de repetición y deserción en Secundaria o que miles de uruguayos se sigan yendo del país. Todo esto es producto de nuestra manera de ver (o mejor dicho no ver) las cosas.
Ahogados en un materialismo ramplón, sin norte ni dirección; endiosando ídolos de barro; sin capacidad de reacción ni conciencia de nuestra condición de ciudadanos, guardamos silencio e incluso aplaudimos el caos, la  improvisación y la barabarie de la que somos víctimas. Nos encerramos –solitos- en el círculo de la resignación. Nos quejamos, le echamos la culpa a la televisión de lo que vemos como si la ventana fuera responsable del paisaje que nos ofrece, pero no hacemos nada para cambiar. Nos transformamos en espectadores de nuestra propia vida, dejando su conducción en las peores manos. No asumimos responsablemente el ejercicio y administración de nuestra libertad; nos da miedo.
Claro que es correcto que nos indignemos con la muerte de un perro, eso habla bien de nosotros, siempre y cuando no recurramos a la ley del talión; lo que está mal es que sólo lo hagamos cuando se trata de un perro o que reclamemos sangre.
Ya lo decía Gandhi, “lo más atroz de las cosas malas es el silencio de la gente buena”.
Demos el ejemplo. Seamos líderes de nuestros líderes. Conductores más que conducidos.
En estos momentos, un poquito de indignación no nos vendría nada mal.
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